El País Digital
Domingo
15 junio
1997 - Nº 408

El carnaval de la incertidumbre

Colombia vive con el corazón encogido las horas previas a la entrega de 70 soldados rehenes de la guerrilla

P. LOZANO ENVIADA ESPECIAL, Cartagena del Chairá

Un grupo de soldados rehenes, ayer, mientras
se acercan al punto de su liberación (AP).
El viernes, a las siete de la tarde, Esther, una mujer de 60 años, repasaba el cielo en busca de señales que le avisaran si iba o no a llover. De eso depende, en gran parte, el que pueda volver a abrazar, hoy domingo, a su hijo Eulises, uno de los 70 militares que tiene la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en su poder desde hace 285 días.

«Parece que no», dijo María Lourdes, madre de otro soldado. «Sólo si el cielo está negrito allá, al fondo, y las nubes están caídas, es seguro el aguacero». A las diez de la noche , las dos mujeres sintieron que se les oprimía el pecho. Como ocurre en la selva, de repente se desprendió toda el agua del cielo. «Vamos a rezar para que no llueva más», dijeron ambas. Luego se alejaron.

Minutos antes, José Noé Ríos, el delegado del Gobierno que ha llevado las negociaciones que permitirán -se espera que hoy domingo- el inmenso abrazo de 70 madres con sus 70 hijos, advirtió a los periodistas: «Hay que mantener el pensamiento positivo. El operativo para que todos los retenidos estén aquí ya se puso en marcha, pero ustedes saben...», hizo una pausa y miró con desconfianza al cielo, «todo depende del tiempo».

Fue una conferencia de prensa en el atrio de la iglesia de Cartagena del Chairá, pequeña población en el selvático sur de Colombia, semejante a una tercera parte de El Salvador y elegida como escenario para un hecho insólito que, sin lugar a dudas, parte en dos la historia del conflicto armado en este país. Según Ríos, los secuestrados, por distintos medios, se acercan desde hace dos días al lugar de la entrega.

Pero se sabe que basta un diluvio en la selva para que los helicópteros en los que llegarán al menos diez de los militares y todos los invitados especiales no puedan aterrizar. Y se sabe también que en caso de lluvia las trochas y caminos se hacen imposibles, pues cuesta mucho atravesar los zangales que rodean la población.

«Las FARC no las van a engañar», dijo una cantante local, que dedicó una canción a las madres de los soldados retenidos durante el Encuentro Cultural por La Paz que se realizó aquí en los días previos a esta gran noticia, que ha congregado a más de 300 periodistas. «Creo que en ninguna parte se ha dado un hecho igual en medio de una confrontación interna», dijo Augusto Ramírez, miembro de la comisión de reconciliación.

«Tengo plena confianza en que todo va a salir bien», confesó a este periódico el comandante Willy, encargado de un retén a media hora de camino en la ruta a la capital provincial. Este retén forma parte del cinturón de seguridad que han montado las FARC, el grupo guerrillero que por 32 días tendrá el control de un territorio tan grande como cinco veces Luxemburgo.

Tienen también retenes en el río Caguán, a sólo cinco minutos de esta población. Revisan todas las embarcaciones, indagan a cada uno de los pasajeros y comprueban que los periodistas lo son verdaderamente.

Una hora más allá, en canoa, el Ejército recobra el control. Son ellos los encargados de requisar a la entrada de Río Negro, una pequeña población que siente que ha cobrado vida por el tránsito de los que, por estos días, van y vienen de Cartagena del Chairá.

«Esta población está olvidada», dijo uno de sus habitantes. Y, como queriendo contarlo todo, continuó: «Aquí existimos tres clases de habitantes: guerrilla, narcotraficantes y gente del común, pero a todos nos tratan por igual, como a narcoguerrilleros».

Por la única calle, que corre paralela al río, se pasea, rodeado por su patrulla, el capitán Jorge Rondón. Hasta hace sólo 15 días era el comandante del cuartelillo en Cartagena del Chairá. A él y a sus hombres el tiempo les jugó una mala pasada. El último día del despeje militar no pudieron entrar los helicópteros por la lluvia y tuvieron que emprender el camino a pie. Fueron seis días por la selva. El agua de los fangales les llegaba arriba de las rodillas.

El capitán habla en términos de «fases del proceso». «Estamos en la cuarta, esperamos que todo salga bien. Cuando se cumpla la sexta recuperaremos el territorio». Y luego de una larga pausa, en la que piensa bien la respuesta, reconoce que el regreso será «un poco difícil». En cuatro meses que lleva en Cartagena del Chairá ha recibido amenazas por parte de la guerrilla, que le recuerda que está en un territorio que la insurgencia reclama como suyo.

El capitán tiene planeado continuar con las campañas cívicas para arreglar una pista de gran actividad durante la bonanza de la cocaína y hoy convertida en una calle más del pueblo. Muchos de los que participaron en estas campañas cívicas fueron también amenazados. Se les acusa de ser sapos (colaboradores del Ejército). Incluso un muchacho fue asesinado después de participar en una de estas campañas cívicas.

«Aquí no se puede estar ni de un lado ni del otro. La vida me enseñó a no creer en la paz del Ejército ni en la paz de las FARC», dijo una mujer antes de perderse en medio de una manifestación llena de globos blancos y pancartas en la que Cartagena del Chairá, transformada en un carnaval de incertidumbre, clamó ayer por la paz.

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