APRENDICES DE POBRE

(Simplified, abridged version)

Autora: Inmaculada de la Fuente (Adapatación Stella B. Hall; Editor: Jorge H. Cubillos)

Unos 24.000 jóvenes hacen son debutantes en el mercado laboral a cambio de bajos sueldos

Así como un adulto bebe un café tras otro, los jóvenes beben coca-cola. El refresco, el gorrito, la camiseta y el calzado deportivo son sus señas de identidad: no han aprendido todavía a cambiar este vestuario por otro más formal. Para qué, si aún les queda tanto para progresar en el campo laboral.

Ellos no son soñadores. La mayoría se conforma con sacar el carné de conducir. Las muchachas piensan en tener un coche, aunque sea en mala condición. Los muchachos piensan en montar una moto. Muchos viven con sus padres. Ellos son los que lograrán sus sueños y entrarán a la sociedad de consumo. Pero casarse, emanciparse, ser dueño de vivienda propia y tener hijos vendrá después, mucho después.

Su destino es ser aprendiz o aprendiza. Es joven, entre 16 y 28 años, y no tiene experiencia; el peligro del paro le enseña a luchar. El culto del aprendizaje les hace pagar un peaje por ser joven o por entrar en ese club selecto que es el mercado de trabajo y que se debe sufrir para llegar. ¿Dónde? A la sociedad del consumo, a las colas en los hipermercados, a la normalidad de tener un trabajo, un apartamento y una familia.

Pronto cumplirá 17 años, pero cuando sonríe aparecen aparatos de ortodoncia. Sin duda alguna esto señala la adolescencia, aunque hoy día la ortodoncia se extiende a edades más adultas.

José Manuel Prieto trabaja de aprendiz en una imprenta de Madrid desde hace un mes. Lo más duro es levantarse temprano--tiene que coger un tren y luego el metro--para estar en el trabajo a las nueve. Lo que lo anima es que va a ganar algo más que esas 42.000 pesetas (unos 350 dólares) ralas y legales, que muchos no confiesan por vergüenza.

--Yo cobro bastante, 60.000 pesetas (unos 520 dólares) porque, según el jefe, lo merezco y voy a trabajar más de lo normal.

José Manuel solamente estudió Educación General Básica (EGB), vive con su madre, la cual es viuda, y no se preocupa de la política ni de la ecología, pero él ama la naturaleza. Los fines de semana sale por el barrio de Zarzaquemada, o va a la discoteca Universal Sur de Leganés, a unos 20 kilómetros de Madrid. Su meta es quedarse en la imprenta y mejorar. Su jefe, Manuel del Prado, es un joven empresario que empezó de abajo y dice que entiende "a los muchachos que buscan una oportunidad".

Dar mala imagen

Pero no todos los empresarios hablan con naturalidad acerca de sus aprendices. "No da buena imagen admitir que has contratado a alguno" dice el gerente de una cadena de cafeterías. Aunque el gerente admite que eso es lo que los empresarios han pedido porque es muy costoso pagar 200.000 pesetas (1.200 dólares) para servir un café".

Sólo hasta el 20 de febrero se ha bendecido 24.307 contratos de aprendizaje en toda España, en una proporción de tres chicos por una chica, concentrado en servicios y comercio. En enero, el ritmo de contratación diaria subió a 300; en febrero, el ritmo aumentó a 770 por día. Las situaciones personales son muy diferentes, y aunque los sindicatos protesten, los jóvenes están dispuestos a aceptar trabajos que no los apasionan ni cumplen sus expectativas. Los jóvenes aceptan esta situación como una condena necesaria. La esperanza del aprendiz es que la situación sea transitoria.

Álvaro Muñoz también vive en la zona sur de Madrid, en Leganés, y como Juan Manuel, Álvaro tiene 17 años. También él tiene que levantarse muy temprano para estar a las 7.30 en la frutería donde él trabaja. Álvaro es distribuidor en un puesto de mercado de La Paz, en el barrio madrileño de Salamanca. "Sólo llevo unos días y estoy de prueba, pero me han dicho que me van a hacer el contrato", dice Álvaro. Consiguió el trabajo a través de otro amigo que trabaja en ese mercado y está contento. El trabajo acaba a las tres de la tarde y además del sueldo---"ganaré unas 60.000"--, cuenta con las propinas que recibe al llevar los pedidos.

Las señoras o las criadas, suelen darme 100 ó 200 pesetas, y saco unas mil pesetas al día.

Al final, un comentario de un muchacho que vive con sus padres. "Por las tardes estoy sacando el carné de conducir. O me echo una siesta". Los estudios nunca fueron su fuerte. Los dejó en EGB y todavía tiene que terminar el estudio para graduarse. --¿Aspiraciones? Ahora no tengo ninguna. Ya vendrán."

Sandra, 22 años, sí tiene aspiraciones. Lleva un mes de aprendiza en una tienda de fotocopias, pero ella ha estudiado el Curso de Orientación Universitaria (COU), necesario para entrar a la Universidad de España. Luego estudió marketing por tres años. Pero cuando terminó marketing, se dio cuenta que no era suficiente para encontrar trabajo y decidió tomar un curso de marketing bancario, subvencionado por la Comunidad Autónoma de Madrid. Entonces ella mandó sus currículos a los bancos y sólo uno le respondió que quizás en junio haya trabajo para ella. Con eso, Sandra se enfrentó a la realidad: ella podía trabajar en la tienda de fotocopias por 80.000 pesetas al mes.

Sandra está acostumbrada a trabajar y estudiar desde hace años. "Primero trabajé en una consulta médica. Luego fui paje en una de las campañas de Navidad de los grandes almacenes El Corte Inglés. Después vendí calendarios a domicilio..."

Sandra seguirá tomando cursos si no avanza en su trabajo actual. Ella confía en que, tarde o temprano, encontrará el puesto que se merece. Si el sistema se burla o se aprovecha de los sueños de Sandra, tanto peor para el sistema, porque ella tiene fe. Pero también es realista, "Yo veo el futuro muy negro, y sé que tendré que hacer diversos trabajos hasta encontrar uno bueno".

Raquel tiene 20 años, dos menos que Sandra, pero las dos comparten un deseo de superarse. Raquel vive con sus padres en un barrio cerca de Vicálvaro, en la periferia de Madrid, y estudió COU, primero filología y luego informática. También ha trabajado un mes en El Corte Inglés. Ahora, con el contrato de aprendizaje, trabajará como ayudante en una administración de lotería de Madrid. "El sueldo no es alto, pero me dará experiencia", dice Raquel acerca de la sentencia.

Eduardo Torres tiene la misma edad que Raquel. El valenciano Torres trabaja como aprendiz en un taller de automóviles en la capital del Turia. Eduardo comenzó a estudiar electrónica, pero ha preferido posponer los estudios y coger experiencia. "Estoy empezando. No adoro este trabajo, pero por ahora está bien. En unos años me gustaría tener retos, pero dentro del sector. Ahora lo que quiero es ahorrar para la "mili".

Los sindicatos ven esto de una manera diferente. Además de reiterar que "el contrato de aprendizaje es una trampa para cubrir la vacante de trabajo con mano de obra barata y que los contratos se deben hacer a los estudiantes de segundo grado". Pero a los jóvenes no les importa eso. Lo que ellos quieren es coger el dinero fresco, no ser cargo a sus familias, poder pagarse la discoteca, comprarse un trago y correr. ¿Hacia dónde? Hacia ninguna parte.


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