La respuesta perdurable: el humor satírico en "Por mi madre, bohemios" de Carlos Monsiváis
Jeff Browitt |
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Este estudio se ocupa del uso del lenguaje satírico y paródico en la legendaria columna “Por mi madre, bohemios”, escrita por el crítico cultural, Carlos Monsiváis, en el diario mexicano La Jornada en los años 80 y 90. La columna tuvo sus orígenes en 1968 en la época de las revueltas estudiantiles, pero tomó su forma definitiva al publicarse en los años 80 en el periódico, La Jornada. En 1993 se publicó una selección condensada de los ejemplos más lacerantes de “Por mi madre, bohemios” bajo el mismo título. Una colección mucho más extensa escrita en los años 90 se encuentra ahora en el Internet.(1) La columna representa, entre otras cosas, una de las maravillosas variantes del humor del escritor mexicano, el cual se manifiesta también en sus crónicas(2) y en libros como Nuevo catecismo para indios remisos (1996 [1982]),(3) el cual es una colección de 50 fábulas que satirizan los estragos de la evangelización de los indígenas mexicanos en la época colonial. Aparte de sus labores de cronista de la literatura y cultura mexicanas del siglo XX, durante los últimos 35 años Monsiváis ha sido un feroz crítico en todos los medios de comunicación de los que mueven las palancas del estado, especialmente del PRI, el partido político que dominó el gobierno mexicano por 70 años hasta que sufrió su primera derrota electoral nacional en 2000. En toda esta labor de disidencia intelectual, el lenguaje--su colusión con el poder, pero también el arma contra el mismo --ha sido para Monsiváis tanto objeto de estudio como medio predilecto para forjar respuestas creativas-subversivas a las clases dirigentes. Frecuentemente sus escritos no-ficcionales se caracterizan por ser exámenes mordaces y minuciosos del autoritarismo y elitismo de la sociedad cerrada, clerical, machista, y moralista. Quizás el texto o la serie de textos que más ilustra la extraordinaria habilidad que posee Monsiváis para desconstruir con la sátira paródica dicho autoritarismo y elitismo sea “Por mi madre, bohemios”. El título de la columna proviene del memorable poema de Guillermo Aguirre, “El brindis del bohemio”, en el cual varios bohemios se reúnen al fin del año en una cantina para llorar sus penas. De la misma manera en que el “poeta puro” del brindis no utiliza los lugares comunes de la poesía salmódica sino que elogia la sinceridad y sacrificios de su madre, Monsiváis reivindica el sufrimiento y el abandono de las clases bajas a manos del estado patriarcal y su clase dominante. Pero no lo hace invocando la voz de “los de abajo”, sino ridiculizando a los poderosos, los que han tenido el hocico en el comedero de los bienes nacionales a través del siglo XX: miembros del PRI y partidos políticos de toda calaña, obispos, nuncios, empresarios, banqueros, líderes sindicalistas, matronas moralistas, es decir, la burguesía en general. Y lo hace por nocaut o con la sutileza de un Oscar Wilde o un Salvador Novo, contrastando la hipocresía, la hipérbole y la falta de lógica del discurso de los infamados y usurpadores con la realidad cotidiana de la mayoría de la población. Su arma principal es el lenguaje: el humor paródico construido a través del hábil manejo de juegos verbales, dichos, refranes, y aforismos geniales e imprevistos de la cultura popular que contrastan con las declaraciones vacuas del discurso del poder y sus voceros--los bribones y apologistas de la clase dirigente. El resultado es devastador. La sátira, como forma humorística, es idealista en el sentido de que es “desvergonzadamente didáctica y seriamente comprometida con la esperanza de que su poder pueda efectuar el cambio” (Bloom y Bloom 1979, 16, traducción mía). En este sentido, tiende a ser social y moralmente reformadora. La parodia, en contraste, es neutral en sí: “puede ser normativa y conservadora, o puede ser provocativa y revolucionaria” (Hutcheon 76). Es decir, puede utilizarse para poner a una persona o una situación en ridículo con intenciones clasistas, o con intenciones democratizadoras y redentoras. Su estrategia retórica principal es la ironía. La ironía vive en las tensiones de la lengua, en la capacidad de decir algo diferente a lo que enunciamos. La ironía explota las incongruencias que hay entre lo que se espera que ocurra y lo que en realidad ocurre con el propósito de exponer y hacer resaltar las contradicciones que surgen cuando hay una brecha entre la realidad y su correspondiente (mala) representación, la cual es ironizada para exponer su falsedad con resultados que con frecuencia son muy graciosos. La principal forma de ironía practicada por Monsiváis es la ironía verbal; la ironía situada al nivel de la palabra o la oración, en donde funcionan los dobles sentidos y los juegos de palabras. Generalmente, la ironía no busca engañar, pero puede pasar desapercibida para un público que no esté compenetrado con la intención, el contexto del enunciado irónico o con la referencia intertextual que hacen que la ironía funcione. Según Claire Colebrooke “la ironía, aun en su forma más obvia, es siempre un diagnóstico y es política: para leer la ironía no solo se tiene que conocer el contexto, sino que se tiene que estar comprometido con las creencias y posiciones que hay dentro de ese contexto” (Colebrooke 12). No cabe duda de esto, pero tal ironía puede señalar varios niveles de compromiso con el mundo. Puede ser usada, por ejemplo, de forma filosófica para resaltar la locura, la vanidad y la inconsistencia de la vida humana, es decir, la ironía es cósmica, una postura que se asocia con desligamiento moral y político (la ironía que se auto-consume). Desde esta perspectiva, “no hay verdad o razón detrás de nuestros valores”; la ironía es “sólo un reconocimiento de la futilidad o inhumanidad del destino” (Colebrooke 18; 22). La ironía puede ser empleada también de manera clasista para marcar la distancia entre el ironista culto y venenoso y su lector culto ideal, por una parte, y por otra, las clases populares “ignorantes” o “incultas”. Pero alternativamente dicha ironía cáustica puede ser empleada con intenciones democratizantes y socialmente transformadoras. Este último uso es el que es más característico de las parodias satíricas ejemplificadas en los escritos de Carlos Monsiváis, quien no busca desligarse existencialmente de los problemas del mundo, sino más bien comprometerse con la redención de los grupos más abyectos y marginalizados--les miserables. Esta es una posición afincada en la realidad que busca extinguir la distancia entre el intelectual radicalizado y el subalterno, en vez de acentuarla a través del distanciamiento irónico. Dice Elena Poniatowska al respecto:
Por supuesto, para captar la ironía de Monsiváis en toda su extensión, debemos saber algo de su medio, del México del siglo XX que lucha contra el legado de una revolución congelada, contra el clericalismo cerrado y moralista y contra un estado paternalista. Y a veces se necesita un conocimiento general e incluso íntimo de las intrigas, pecados y prioridades de los actores de esta telenovela nacional, principalmente de los políticos, la jerarquía eclesiástica, los empresarios y los líderes sindicalistas vendidos. Pero ¿qué hay de postmoderno en todo esto? El humor tal como se practica en la escritura de Monsiváis ocurre en la era posmoderna, y no más por eso es “postmoderno”. Pero va mucho más allá: en estilo postmoderno, Monsiváis carnavaliza su discurso humorístico armándolo con juegos verbales, mezcla de géneros e intertextualidades hasta tal punto que quizás Monsiváis mismo sea el único (con la posible excepción de Sergio Pitol y Carlos Fuentes) capaz de descodificarlo todo. Además, combina elementos tanto de la cultura élite como de la popular, aunque su lector típico no sea de las clases populares. Pero en general, la literatura y la filosofía postmodernas se consideran anti-racionalistas, anti-realistas, y anti-burguesas. De hecho, cierta variante de ironía postmoderna niega aseveraciones de verdad y ve en el uso de la ironía el reconocimiento de que todas las posturas políticas-éticas tienen igual valor, por ser construcciones lingüísticas y contextualizadas. El filósofo norteamericano Richard Rorty ejemplifica esta perspectiva: “Considero que los pragmatistas y desconstrucionistas están unidos al pensar que cualquier cosa puede ser otra cosa si la colocas en el contexto apropiado, y que ‘apropiado’ sólo significa el contexto que mejor sirve a los propósitos de alguien en cierto momento en cierto lugar” (Rorty 1996, 43). Pero Monsiváis diría que, aunque no hay una posición o postura ideológica omnisciente e infalible que sea la única verdad , es moralmente superior una postura que se opone al dogma, a la explotación y a la avaricia, una postura subversiva del machismo, del racismo, del colonialismo, de la homofobia, etc. Monsiváis es postmoderno en el sentido de que sospecha de cualquier discurso fundacional como el expuesto por el discurso del poder (especialmente el del discurso nacionalista de la modernidad), pero esta postura “postmoderna” no abandona la verdad y la razón, meramente requiere que se las practiquen y no sólo que se las prediquen. El único anti-realismo y anti-racionalismo en la obra de Monsiváis, entonces, es la irrealidad e ilogicidad del discurso “modernizante” de la burguesía nacional. El humor en Monsiváis mina la autoridad paternalista, la inercia institucional y el lenguaje cosificado de la clase dirigente. Las fuentes de esta postura satírica-irónica son varias, y parecen incluir influencias diversas como Oscar Wilde, la counter-culture norteamericana y su efecto sobre la “Onda” mexicana, y los periodistas radicales (New Journalism) de los años 60 en los Estado Unidos como Tom Wolfe y Norman Mailer (Egan x). Aun hay ecos de Voltaire, Swift y el humor judío frente al desastre y la tragedia. Pero a pesar de todo, el aprendizaje parece haber pasado por influencias más cercanas: Salvador Novo y los escritores mexicanos del los años 30 conocidos como los “Contemporáneos”. De hecho Monsiváis más o menos admite esto en su maravilloso retrato de Salvador Novo. Al igual que Novo y los Contemporáneos, Monsiváis se distancia del chovinismo y machismo del proyecto revolucionario nacional. Se podría aseverar sin temor a equivocarse que lo que dice Monsiváis de Salvador Novo se aplica a sí mismo: “reelabora el infierno social como paraíso escritural” (Salvador Novo 35); “Novo se lanza contra los provincianos, contra los izquierdistas, contra los falsos prestigios, contra los machistas” (67); tiene un “sentido del humor que reduce al absurdo las pretensiones de los machos y los patanes” (85). No es de extrañar entonces que la admiración que siente Monsiváis por Novo encuentre su paralelo al norte de la frontera en la solidaridad y activismo político de los gays norteamericanos. Cita con aprobación a Daniel Harris en The Rise and Fall of Gay Culture (1997):
En los años 30, Novo escribe una columna, “La semana pasada”, en la revista Hoy. Para Monsiváis, la columna
Es difícil no ver en Novo un modelo a seguir y su obra periodística posteriormente viene a ser el prototipo de “Por mi madre, bohemios”, apropiadamente ajustado a las necesidades de su época contemporánea:
Pero aunque ambos practican el uso del lenguaje contra el abuso del mismo y dirigen su sátira irónica a la hipocresía del discurso oficial, una diferencia crucial es la noción de la ironía como existencia en Novo versus la ironía como arma política y desmitificadora en Monsiváis. Monsiváis dista de Novo en su defensa de los más desamparados de la sociedad mexicana, mientras que Novo, sin duda bajo una censura más agresiva todavía de la sociedad clerical y machista, se refugia en la burguesía y la élite artística: “A Novo el humor, y un humor salvaje y procaz, lo distancia de la amargura de lo real” (39) . Para Monsiváis, por el contrario, la atroz manipulación y explotación de las clases bajas por parte de sus líderes y pontífices (tanto religiosos como “seculares”) lo impela a hacer de esta situación nacional el objeto y la fuente de inspiración de su propio proyecto artístico-escritural. No obstante, semejante sátira requiere de un lector con ideas afines, de lo contrario, no tiene fuerza performativa, no logra cambiar nada. Así el destinatario ideal del humor de Monsiváis es el lector sagaz, culto, y social-demócrata. Se requiere de él cierto nivel de sofisticación para descodificar los juegos verbales y las referencias intertextuales políticas y culturales. Se forma de esta manera una comunidad de conciudadanos descreídos, abstencionistas de la retórica del discurso estatal y los lugares comunes del poder. Mediante la yuxtaposición y democratización de voces, el humor iconoclasta es un arma de los débiles, pero un arma que se vuelve mortífera en manos de Monsiváis que ridiculiza la teatralidad, la pomposidad y el estilo declamatorio de las élites políticas y económicas de un estado paternalista y corrupto y de una jerarquía eclesiástica obsesionada por salvar almas y reprimir la sexualidad. Veamos cómo se logra esto.
“Por mi madre, bohemios” es todo un juego de voces. Allí encontramos:
La voz narrativa, “la R”, dialoga directamente con el lector o con el declarante. Los comentarios pueden ir en letra cursiva, mayúsculas o entre paréntesis. El blanco favorito de la columna siempre han sido los voceros, funcionarios y líderes del PRI y el servilismo que los adulaba. Junto con la jerarquía eclesiástica, la clase empresarial y la burguesía moralista, representan en conjunto una fuerza conservadora que sirve para mantener el estatus quo de dominación clasista. La columna suele comenzar con el habitual dicho monsivaisiano –“Para documentar nuestro optimismo”– que desde ya ironiza la consternación de la voz del comentarista y del lector acostumbrados a la estupidez de un declarante que viene a continuación. Luego viene el encabezado que, en contra del orden esperado, precede la declaración citada. Esto tiene el efecto de preparar al lector para que de inmediato pueda sopesar las afirmaciones. Además, invita a una segunda lectura para verificar y admirar la certeza del encabezado burlón:
El lector acostumbrado a semejante credulidad partidaria del discurso del PRI se deleita con la infantilización de las declaraciones de parte de “la R”. A veces la intervención sólo toma forma de un encabezado chistoso. A veces todo un diálogo y un juego de intertextualidades se desprenden de las intervenciones:
El humor aquí no surge sólo de los comentarios sarcásticos intercalados para socavar la ingenuidad e insinceridad del declarante, sino también de la ironía de lo no dicho –la realidad subyacente que contradice la declaración, ya que Monsiváis y sus lectores saben muy bien, por supuesto, que justamente de la venta de conciencias y principios es de lo que se trata y desde hace décadas. Igualmente insincera es la acusación de vender PEMEX ya que en mayo de 2000, Fox todavía no había ganado las elecciones: Monsiváis expone la maniobra priísta difamatoria. El encabezado en este caso tiene como intertextualidad las promesas de una campaña electoral más limpia y la referencia al espionaje y la limpieza es doblemente irónica: nadie se quejaba de la excesiva bondad de la campaña (de la intertextualidad que se relaciona con el mismo Francisco Labastida y ni hablar de cómo llegó a ser el candidato del PRI a la presidencia). Para rematar la broma, la R apela (irónicamente, but of course) al Catecismo paternalista del Padre Ripalda para que se instale la ética. A veces el declarante se desconstruye a sí mismo a tal punto que la R se queda estupefacta y muda:
En la siguiente declaración se repite el tema clasista del cuento de hadas en el cual el aristócrata se disfraza para conocer más de cerca a la gente “humilde”. Monsiváis aprovecha la cultura popular contemporánea para exponer la ridiculez del político, la cual parece no tener límites:
A veces la crítica de la insinceridad del gobierno toma la forma de una extendida diatriba, pero a la inversa, al estilo irónico monsivaisiano. En las propuestas que están a continuación se busca una solución a la situación del levantamiento indígena en Chiapas. El humor negro es digno del Jonathan Swift de A Modest Proposal:
Otro blanco predilecto de “Por mi madre” son los líderes sindicalistas. El trasfondo histórico es la cooptación del liderazgo de los sindicatos por parte del estado como manera de desactivarlos. La CTM ( Confederación de Trabajadores Mexicanos) es la organización laboral más grande y de más peso en el país que cuenta con la incorporación de miles de sindicatos y más de 5 millones de trabajadores. En 1997 (y a los 97 años) murió Fidel Velásquez su secretario general y uno de los políticos más omnipotentes del país. Cuando falleció todavía era jefe de la CTM, cargo que había ejercido desde 1941. Tenía fama de vendido y de perro faldero del PRI. Para ser reconocido oficialmente, cualquier sindicato tiene que registrarse con el Secretariado de labor y bienestar social, lo cual garantiza protección bajo el Código Laboral. Pero el precio de esta protección es que no se puede declarar en huelga sin el permiso del secretariado, so pena de multas del gobierno y despido de empleados. Naturalmente este arreglo es una receta para la manipulación y el soborno de los líderes sindicalistas aliados del PRI, y de hecho, el sistema se conoce por su corrupción y paternalismo:
La mentalidad empresarial también se destaca por su vacuidad, y al igual que el control que ejercen los líderes sindicalistas sobre la clase obrera, los empresarios trabajan para conservar las estructuras socio-económicas jerarquizadas . Monsiváis hace de sus declaraciones obras de arte al desprenderlas de su contexto original e insertarlas en un contexto paródico. Al ponerlas en dicho contexto descomunal, cobran una vida cómica e irracional:
Otro pilar de control social siempre ha sido la iglesia católica tanto por su colusión con el estado como con los capitanes de la industria capitalista. Los clérigos recurren a un código medieval sobre la sexualidad, incluso para con el uso de los condones, lo cual ha sido muy nocivo para las campañas contra la SIDA:
Esta moral tiene sus aliados entre elementos de la burguesía que respalda el control que la iglesia ejerce sobre la las clases populares. He aquí la respuesta de dos damas de la alta sociedad sobre la venta de condones en la universidad:
En lo siguiente, “La R” repite el discurso del obispo palabra por palabra en caso que el lector dude de la idiotez del discurso sobre la sexualidad. La repetición recalca lo espinoso que es semejante discurso para los clérigos ya que la argumentación no es sólo risible, sino indescifrable –un catálogo de imprecisiones:
El discurso represivo sobre la sexualidad se entronca perfectamente bien con las respuesta conservadora de la iglesia a la modernización y la tolerancia de estructuras sociales alternativas:
El control sutil de la iglesia sobre los creyentes populares se extiende a prácticas del catolicismo popular que involucran la auto-flagelación, ya que semejante fervor refuerza y solidifica la fe en los que puedan buscar una salida más revolucionaria a su condición desesperada de explotados y marginalizados:
Los lazos entre la iglesia y los negocios se ponen al descubierto en el papel pacificador que desempeña la iglesia en proyectos de inversión. Según la iglesia, la clase trabajadora tiene que reprimir sus reclamos de justicia socio-económica:
Conclusión “Por mi madre, bohemios” ya no se escribe aunque Monsiváis continúa en su papel de crítico férreo de la realidad nacional. Aunque la columna era sumamente humorística y anti-solemne en su nivel comunicacional manifiesto, el mensaje profundo era serio: un acto político que sirvió para galvanizar el rechazo de una burguesía nacional autocomplaciente a favor de la sociedad más abierta y democrática. Con un humor que azotaba, corroía e intimidaba, “Por mi madre, bohemios” era la voz de resistencia. Así daba lecciones morales contra la mentira de los políticos, el clero, los empresarios y los profetas del neoliberalismo que intentan ejercer su dominio sobre la conciencia de las clases populares--de los profetas desiertos vienen. Lo que se evidencia en “Por mi madre, bohemios” no es sólo la crisis institucional del México contemporáneo, sino también la sociedad civil emergente que busca independizarse tanto del estado como del mercado, pero que tiene que lidiar con una crisis de representación, dominada ésta por el engaño, el rumor, la cursilería, y el fraude moral que vacían un discurso público disfuncional. La columna atentaba contra el abuso del poder en todas sus formas y en todas partes, y exponía la manera como ese poder se plasmaba (y se plasma todavía) de manera insidiosa y maligna en la textura del lenguaje de los que mandan, y lo hacía recurriendo a un estilo que sobrecargaba con ambivalencia semántica la ideología del discurso de la dominación hasta tal punto que éste se derrumbaba bajo su propio peso retórico. Como la taimada araña, Monsiváis enmaraña el discurso del poder en su red lingüística, y al re-contextualizarlo, lo desnuda y desarma, exponiendo sus contradicciones inherentes, su hipocresía. En “Por mi madre, bohemios” el contrapunto de voces dobladas colocaba todos los discursos en el mismo nivel donde se veían obligados a defenderse y justificarse--jaque mate. Pero la ironía de Monsiváis no es un vehículo para su propio autobombo o su alejamiento de la realidad. Todo lo contrario: muestra la necesidad de transformar esa realidad en dirección positiva; es una postura tanto ética como estética que no se puede equiparar con el humor sereno y desapasionado tan característico de gran parte del postmodernismo en el “primer” mundo. La situación precaria de la mayor parte de la población mexicana hace que semejante humor sea altamente perverso, el tipo de humor elitista que uno asocia con el esnob burgués indiferente a las tragedias del mundo. Es decir, la ironía debe ser herramienta de la democracia y no un fin en sí. En Monsiváis nunca se pierde de vista este propósito primordial. Mientras la parodia y la ironía crean un efecto de distanciamiento del objeto ironizado, sea éste discurso o persona, en Monsiváis provoca la tendencia contraria--el movimiento hacia los menos afortunados con sentimiento de solidaridad. Finalmente, y en caso que se piense que la cursilería es monopolio de los políticos, he aquí una perla de la actriz mexicana, Selma Hayek:
Con testimonios así se van a morir de hambre los cirujanos plásticos. ¡Cierro mi alegato!
End notes1. http://www.arzp.com/monsivais/monsurls.html Volver 2. Las crónicas que quizás mejor demuestran la destreza humorística de Monsiváis son Días de guardar, México: Era, 1970; Amor perdido México: Era, 1977; Escenas de pudor y liviandad México: Grijalbo, 1988; Los rituales del caos, México: Era, 1995. Volver 3. Nuevo Catecismo para indios remisos, México, Siglo XXI, 1982; Edición Ilustrada, México: Era, 1996. Volver
BibliografíaBloom, Edward y Bloom, Lilian (1979) Satire’s Persuasive Voice, Ithaca: Cornell University Press. Colebrooke, Claire (2004) Irony, London & New York: Routledge Egan, Linda (2001) Carlos Monsiváis: culture and chronicle in contemporary Mexico, Tucson: University of Arizona Press Hutcheon, Linda (1985) A Theory of Parody, New York & London: Methuen Monsiváis, Carlos (1970) Días de guardar, México: Era. —— (1977) Amor perdido México: Era. —— (1982; 1996) Nuevo Catecismo para indios remisos, México, Siglo XXI. —— (1988) Escenas de pudor y liviandad México, D. F.: Grijalbo. —— (1993) Por mi madre, bohemios, México: Ediciones La Jornada. —— (1995) Los rituales del caos, México, D. F.: Era. —— (1996 [1982]) Nuevo catecismo para indios remisos, México, D. F.: Era. —— (1997) Mexican Postcards, London: Verso. —— (2000) Salvador Novo: lo marginal en el centro, México, D. F.: Era. Poniatowska, Elena (2000) “Monsiváis: cronista de un país a la deriva”, La Jornada Semanal 305, Jan. 7 2000, pp. 2-6. Rorty, Richard (1989) “Remarks on Deconstruction and Pragmatism” en C. Mouffe (ed) Deconstruction and Pragmatism, London: Routledge, pp. 10-18. Swift, Jonathan (1995 [1729]) A Modest Proposal and Other Satires, New York: Prometheus Books
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