Introducción
La literatura, como toda forma
de arte, es un medio de expresión. La escritura nos permite comunicar
nuestras angustias y deseos interiores, incluso aquellos tan íntimos
que ni siquiera nosotros nos damos cuenta de que existen, ya que están
a un nivel subconsciente, escondidos bajo nuestro “super-ego” (siguiendo
la terminología freudiana). Por medio de la obra literaria, podemos
conocer mejor a su autor, entender su naturaleza. A su vez, entender a
otra persona nos ayuda a comprender la naturaleza humana en general, y
por consiguiente, nos acerca más a nosotros mismos. Eso es lo que
siempre me ha atraído de la literatura.
Mi interés por los mitos
encuentra precisamente aquí su origen. En su libro Mythical Intentions
in Modern Literature, Gould nos dice que el mito nos revela nuestra
psicología, nuestro subconsciente. Es por eso que el mito también
nos ayuda a comprender la naturaleza humana.
Mito y literatura están,
de esta forma, estrechamente conectados. Mi intención en este estudio
es explicar brevemente cuáles son las funciones del mito en la historia
de la humanidad, y de qué manera la mitología se ve presente
en la literatura, en particular en la literatura mexicana, y con qué
propósito. Después de introducir estos temas de forma general,
vamos a pasar a analizar las obras de Juan Rulfo (Pedro Páramo)
y Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz). Según Greimas,
cada agente de un relato es su propio héroe desde su propia perspectiva,
sin embargo, vamos a concentrarnos en los personajes Juan Preciado y Artemio
Cruz como los “héroes” de estas novelas por su prominencia en las
mismas y porque su construcción favorece la perspectiva mítico-arquetípica,
y el análisis semiótico-estructural, ya que vamos a compararlos
con el modelo clásico del mito del héroe (basado en el estudio
de Hugo Francisco Bauzá), con el modelo del héroe que aparece
en La morfología del cuento de Vladimir Propp (hemos escogido
este estudio por su influencia y representatividad en este campo del análisis
estructural del relato), con un estudio de James George Frazer sobre
la mitología azteca, incluido en su obra The Golden Bough,
y con el modelo del héroe según la idiosincrasia cristiana.
Aunque el foco del estudio son los dos “héroes” de estas obras,
la referencia a otros aspectos literarios de las novelas como el lenguaje,
el uso del tiempo y algunos símbolos, o la realización del
mito en otros personajes, pueden ser aspectos clarificadores en nuestro
análisis. Mediante éste, estaremos en posición de
concluir hasta qué punto Juan Preciado y Artemio Cruz pueden considerarse
héroes, en el sentido mítico del término, y cuáles
son las intenciones de ambos autores al crear así a sus protagonistas.
El mito y el
hombre
Bauzá se remite a O. Rank
en su estudio del psicoanálisis y el mito del héroe cuando
dice:
Los mitos son creados por
adultos mediante la regresión a las fantasías de la infancia
y el héroe se forma y se consolida, en consecuencia, a partir de
la historia infantil personal de quien elabora el mito (149).
El mito, pues, conecta al hombre con
el desarrollo de su subconsciente.
Sófocles escribió
su tragedia Edipo Rey, basada en un popular mito griego de la época.
Es para mí un hecho fascinante que Freud, más de dos mil
años después, utilizara este mito griego como una perfecta
metáfora de uno de los comportamientos universales de nuestro subconsciente,
que encontró como fruto de sus experimentos psicoanalíticos
de la personalidad humana. Una teoría, por otra parte, válida
en psicología hoy en día.
Según Joseph Campbell,
en su obra The Hero’s Journey, para Freud, el mito tiene una
función más bien biográfica e histórica, mientras
que para otros estudiosos del mito, como G. Jung, el mito es más
una expresión de una realidad biológica.
Para Campbell, el mito tiene cuatro
funciones principales: la mística, abriendo el corazón y
la mente a la transcendencia; la cosmogológica, “relacionada con
el cosmos”; la sociológica, cuando el mito se utiliza para validar
un determinado sistema social; y la pedagógica, orientada a guiar
a los individuos de modo harmónico a través de las crisis
de la vida. Para Campbell, los mitos expresan una verdad metafísica,
sociológica y psicológica del ser humano (163-4).
Como se ve a través del análisis
de las funciones del mito, éste siempre está íntimamente
relacionado con el hombre y su historia, desde todas las perspectivas
y de forma universal. Los mitos son tan antiguos como el origen del hombre.
Goethe decía, en su ensayo “The Ages of the Spirit”, que las
sociedades pasan por cuatro diferentes etapas: la poético-mítica,
la religiosa, la filosófica, y la de prosa naturalista. El mito
es por tanto, parte inherente de la historia de la humanidad, y sigue siendo
relevante hoy en día, porque es una metáfora de algo que
el ser humano lleva dentro, algo que pertenece a su esencia (Campbell 209).
El mito en la literatura
Mito y literatura están
íntimamente relacionados. El mito nos llega en forma literaria y
la literatura encarna el mito. A colación de esta estrecha relación,
Barthes nos dice en su “Introducción al análisis estructural”,
sin querer forzar la hipótesis
filogenética, puede ser significativo que sea en el mismo momento
(hacia los tres años) cuando el niño inventa a la vez, la
frase, el relato, y el Edipo. (43)
Barthes sugiere sutilmente al final
de su ensayo, como hemos apuntado antes en nuestro estudio, que el subconsciente
humano, la creación del mito, y el lenguaje (y, por extensión,
la literatura) están intrínsicamente relacionados. Stuart
A. Day, nos recuerda en su artículo, “Berman’s Pancho Villa versus
Neoliberal Desire”, una importante cita de Barthes respecto al uso del
mito en la literatura, cuando Barthes habla de la mentalidad burguesa y
el mito en su libro, Mythologies, explicando que:
Semiology has taught us
that myth has the intent of giving a historical intention, a natural justification,
and making contingency appear eternal […] The function of myth is to empty
reality […]. Myth does not deny things, it purifies them, it makes them
innocent, it gives them a natural and eternal justification, it gives them
a clarity which is not that of an explanation but that of a statement of
fact. (8)
Barthes sigue analizando en Mythologies
la función del mito en su ensayo “Myht Today”:
Myth deprives the object
of which it speaks of all history. In it, history evaporates. All that
it is left for one to do is to enjoy this beautiful object without wondering
where it comes from. Or even better: it can only come from eternity: since
the beginning of time, it has been made for the bourgeois man. (151)
Antes de pasar a comentar estas citas
de Barthes, quiero citar también a Joseph Sommers, quien en su artículo
“A través de la ventana de la sepultura: Juan Rulfo” argumenta en
relación al complicado manejo de la estructura en Pedro Páramo
(algo que puede aplicarse también a La muerte de Artemio Cruz
por su complicado manejo del tiempo y su vanguardista estructura):
La estructura también
ayuda a borrar las divisiones entre la realidad y la irrealidad, divisiones
que deben ser enterradas para poder afirmar la presencia de elementos míticos
y mágicos en el alma del hombre. Estéticamente, la forma
laberíntica se destaca en contraposición a la elementalidad
del lenguaje. Esta interacción entre simplicidad y complejidad es
una nueva cualidad distintiva de la novela mexicana. (107)
La complicada estructura y manejo del
tiempo en ambas novelas permite romper la convención del tiempo
cronológico en el discurso. El tiempo de la historia no se respeta
en el discurso. Se rompe con la mimesis de la realidad. Al no representarse
la realidad tal y como sucede, se acentúa el carácter fantástico
de las novelas. Este ambiente favorece la incorporación del mito
en la novela. El mito es, hasta cierto punto, algo fantástico, un
cuento que se inventa como metáfora de la realidad.
Por ser una metáfora, el
mito es una abstracción. Se toman características de la realidad
y se crea una historia que explica un fenómeno relacionado con la
humanidad. Una explicación que es universal y atemporal, como los
mitos bíblicos que aparecen en El libro del génesis.
El “Realismo Mágico”
de la literatura hispanoamericana actual es una clara prueba de la influencia
que el mito puede tener en la literatura. A este respecto, René
Jara, en su artículo “El mito y la nueva novela hispanoamericana.
A propósito de La muerte de Artemio Cruz”, nos comenta lo
siguiente:
Los hombres y las cosas
abandonan su corporeidad para transformarse en símbolos y mitos,
es decir, en una realidad más viva, profunda y auténtica
que la cotidiana. Se crea un mundo en que el instinto prevalece sobre la
razón.
Carpentier se da cuenta que
la experiencia de lo real se transmuta en una visión mágica;
que en Hispanoamérica la maravilla y la realidad coexisten sin tropiezos
ni negaciones. Lo desconocido, lo extraordinario, son cotidianas epifanías
perturbadoras que denuncian la presencia de algo que viola las leyes de
la normalidad. (152)
Pedro Páramo y La
muerte de Artemio Cruz son, en este sentido, junto con la obra de Carpentier,
precursoras de este realismo mágico, no sólo por la presencia
de lo desconocido y extraordinario (especialmene en la novela de Rulfo),
sino porque en ambas obras, los personajes no tienen en la realidad su
modelo, sino que son encarnaciones de arquetipos, mitos o símbolos.
Tanto es así, que el mito o arquetipo se puede reencarnar en varios
personajes diferentes. Por ejemplo, el mito de la “magna mater” se encarna
en sucesivas transformaciones en Doloritas, Eduviges, Damiana Cisneros,
La Hermana y Dorotea, como nos descubre Nicolás Emilio Álvarez
en su Análisis arquetípico, mítico y simbólico
de Pedro Páramo (37-66). En La muerte de Artemio Cruz
los personajes intercambian sus roles, como cuando Artemio continúa
la vida de Gonzalo tras su encuentro en prisión, o cuando su hijo
Lorenzo vive la muerte del héroe que le hubiera correspondido a
Artemio en la revolución mexicana.
Goethe, citado por Propp en La
morfología del cuento, señala en referencia a la escritura
arquetípica: “un tipo general, fundado en transformaciones, pasa
por todos los seres orgánicos” (31). Estos cinco personajes de la
novela de Rulfo no son sino la transformación de un arquetipo. No
calcan modelos de la realidad sino que son reflejos de un mito.
La búsqueda del padre es
otro patrón arquetípico de la naturaleza humana, una metáfora
de la polaridad masculina de nuestra personalidad. Así, Juan Preciado
sale a la búsqueda de Pedro Páramo enviado por el rencor
de su madre, y Artemio Cruz busca también a su padre inconscientemente,
encontrándolo en la figura de Gamaliel (sustituyendo el rol de Gonzalo).
Juan Rulfo y Carlos Fuentes emplean
patrones arquetípicos porque, al ser universales, llegan mejor al
lector. Como hemos mencionado antes, los mitos revelan nuestro subconsciente.
Al utilizarlos, los autores se comunican con la esencia del lector, a nivel
consciente y subconsciente.
Ahora nos remitimos a las referencias
de Barthes, cuando dice que el mito vacía la historia y está
al servicio de la burguesía porque favorece el “status quo”. Lo
cual puede parecer paradójico, ya que, como sabemos, la literatura
mexicana está altamente comprometida con la historia y la realidad.
Sin embargo, estos autores mexicanos utilizan los patrones míticos
para poder expresar sus ideas de forma universal y llegar con más
fuerza a sus lectores. Una vez conseguido esto, revelan su verdadera intención:
deconstruyen el mito para utilizarlo con fines políticos, para provocar
una reflexión (y una reacción en consecuencia) tanto en el
lector mexicano como el lector “universal”. La intención de estos
autores es, pues, cambiar el “status quo”, trasformar y transgredir la
realidad, y esto lo consiguen mediante un uso deconstructivo del mito,
como vamos a ver a través de nuestro análisis de la figura
del héroe realizada en Juan Preciado y Artemio Cruz.
En Artemio Cruz, esta deconstrucción
es, si cabe, más obvia y efectiva, puesto que está acompañada
de una deconstrucción del lenguaje en sí. Las últimas
páginas del libro (y las secciones del “yo” en general) están
escritas de forma que nos recuerdan a la escritura automática del
surrealismo, sin una sintaxis clara, como una desordenada lluvia de ideas
siguiendo la técnica del “stream of consciousness”. La escritura
automática es propia de los “ismos” de principios del siglo XX,
vanguardias fugaces que fracasaron por ser un tipo de literatura que atentaba
contra la literatura misma, una “antiliteratura” autodestructiva.
El héroe en la morfología
del cuento
Vamos a utilizar el estudio
morfológico de los cuentos fantásticos de Vladimir Propp
porque es una obra que distingue una serie de funciones comunes a todo
este tipo de relatos sin atender al contexto (buscando los elementos universales
o mitemas). Puesto que hemos calificado las dos obras de nuestro estudio
como fantásticas y míticas hasta cierto punto, vamos a ver
en qué aspectos sus héroes coinciden con el análisis
de Propp y por qué. Ahora incluimos la lista de las funciones que
Propp plantea a través de su libro, y un análisis de Juan
Preciado y Artemio Cruz en referencia a estas funciones.
| I |
Uno de los miembros de la familia
se aleja (la muerte es una forma de alejamiento) |
| II |
Recae sobre el protagonista una
prohibición (o una orden) |
| III |
Se transgrede la prohibición |
| IV |
El agresor intenta obtener noticias |
| V |
El agresor recibe informaciones
sobre su víctima |
| VI |
El agresor intenta engañar
a su víctima |
| VII |
La víctima se deja engañar |
| VIII |
El agresor le hace daño
o hiere a un miembro de la familia |
| IX |
Se hace partir al héroe |
| X |
El héroe decide actuar |
| XI |
El héroe se va de su casa |
| XII |
El héroe sufre una prueba,
un cuestionario, un ataque |
| XIII |
El héroe reacciona |
| XIV |
El objeto mágico pasa a
poder del héroe |
| XV |
El héroe llega cerca del
lugar donde se encuentra lo que busca |
| XVI |
Combate entre héroe y agresor |
| XVII |
El héroe recibe una marca |
| XVIII |
El agresor es vencido |
| XIX |
La fechoría inicial es reparada,
la carencia colmada. |
| XX |
El héroe regresa |
| XXI |
El héroe es perseguido |
| XXII |
El héroe es auxiliado |
| XXIII |
El héroe llega de incógnito
a su casa o a otra comarca |
| XXIV |
Un falso héroe reivindica
pretensiones engañosas |
| XXV |
Tarea difícil para el héroe |
| XXVI |
Tarea realizada |
| XXVII |
El héroe es reconocido |
| XXVIII |
El falso héroe es desenmascarado |
| XXIX |
El héroe recibe una nueva
apariencia |
| XXX |
El falso héroe es castigado |
| XXXI |
El héroe se casa y asciende
al trono |
Ambos protagonistas tienen familiares
que mueren, tanto Doloritas como los padres del niño Cruz (I). Sobre
Juan Preciado recae la orden de su madre de buscar a Pedro Páramo,
mientras que Artemio Cruz se ve obligado a abandonar su casa por haber
matado a su tío. Ricardo Krauel, en “La inversión del mito:
Artemio Cruz”, identifica esta función del héroe con la llamada
del maestro de Artemio Cruz, Sebastián, que lo induce a perseguir
los ideales de justicia revolucionarios (Krauel 44) (II). El agresor de
Juan Preciado es Pedro Páramo, mientras que Artemio Cruz es amenazado
por los federales cuando lucha en la revolución. Los agresores de
ambos acaban logrando de algún modo su objetivo, ya que Doloritas
es herida irreversiblemente por Pedro Páramo, y Artemio Cruz pierde
a su amor Regina, que él considera como parte de su vida (III-VII).
Juan Preciado parte para cumplir la venganza de su madre (y en busca de
su padre); Artemio Cruz también busca su venganza particular y busca
también una figura paterna, aunque de manera menos explícita
(VIII). Ambos se ven obligados a partir: Doloritas envía a su hijo,
y Artemio tiene que huir tras su crimen (IX-XI). Ambos personajes sufren
algún tipo de prueba iniciatoria, o algún tipo de interrogatorio.
Abundio introduce a Juan Preciado al mundo de los muertos (Sommers 106),
mientras que Artemio Cruz se ve en la encrucijada de ayudar al soldado
herido en la revolución o salvar su vida (XII). Aquí empieza
el proceso deconstructivo de ambas figuras en comparación con el
ideal heroico, ya que ninguno de los dos logra superar la prueba
con éxito. Juan Preciado muere y Artemio Cruz no se porta como un
héroe sino que sigue su propio egoísmo. Como "recompensa",
Juan Preciado recibe el “don” de comunicarse con los muertos, y Artemio,
de seguir siendo un “chingón”, un traidor (XIII-XIV). Juan Preciado
se acerca a su agresor, Pedro Páramo (simbolizado por Comala), y
sucumbe, mientras que Artemio Cruz logra superar a los federales y salir
victorioso de la revolución. Si bien es cierto que la función
del agresor se reencarna en la figura de Gamaliel (el nuevo enemigo), que
actúa también como la figura paterna. También Artemio
vence aquí. De ese modo, Artemio logra vengarse, mientras que Juan
Preciado fracasa totalmente en su intento, y deja de identificarse con
el resto de las funciones del héroe. Juan Preciado ni se venga,
ni recupera su carencia. Artemio se venga, pero sigue careciendo de la
felicidad que sentía junto a Regina, y sigue portando la marca del
rencor de la revolución (XIV-XIX). Artemio vuelve victorioso de
la revolución, pero no vuelve a su hogar para liberar a su tierra
del caciquismo, sino que va a Puebla como un falso héroe. La gente
lo aclama cuando toma las tierras de Gamaliel, y lo espera como la fuente
de regeneración de un cambio. Sin embargo, engaña a su pueblo
y lo vende a los norteamericanos. Cumple las funciones de un total antihéroe
que en vez de redimir a su pueblo, lo condena aún más (XX-XXVII)
(Krauel 40-47). Artemio Cruz se casa y sube al trono de su imperio (y su
mundo) particular, donde él es el rey y el “dios” como veremos más
tarde (XXXI). En vez de desenmascarar al falso héroe, Artemio Cruz
se revela a sí mismo como el traidor de su pueblo y de sí
mismo. Artemio es en realidad el falso héroe, castigado al final
por su decadente muerte, como un ser miserable (XXVIII-XXX).
El héroe azteca
James George Frazer dedica en su
libro The Golden Bough (un análisis de la mitología
universal de todos los tiempos), interesantes capítulos a los mitos
aztecas. Nos dice, por ejemplo, que es un elemento común en muchos
mitos, el hecho que el rey de un pueblo determinado sacrificara a su hijo
a los dioses como ofrenda de regeneración. Es, por tanto, una idea
común, este hecho de que la muerte es sinónimo de la vida,
que la vida nace de la muerte (336-41).
En su capítulo, “Killing
the Gog in Mexico”, Frazer nos explica cómo para estas culturas
aztecas, el sacrificio de su dios era una forma de asegurar la regeneración,
el eterno retorno (680-6). Krauer cita a Fuentes en La muerte
de Artemio Cruz:
Los mexicanos tenemos un
secreto: la vida depende de la muerte. Todos somos descendientes de la
muerte. La muerte tuvo que ser para que nosotros pudiéramos vivir.
No hay vida posible sin la muerte, las muertes, que la precedieron, que
la nutrieron. (Krauer 44)
Los mexicanos siempre han tenido una
relación especial con la muerte. Sus antiguos héroes de competiciones
deportivas eran sacrificados en premio a sus victorias. Incluso la misma
mitología precolombina está basada en la creencia de que
el mundo había sido creado a través de la sangre y el sacrificio
de los dioses, y por lo tanto, ese era el destino inevitable de éste
(Brodman 2-3).
Pedro Páramo está
orientada estructuralmente hacia la muerte, ya que ésta es la realización
de la vida, expresada en la novela por ser el elemento climático
de la novela. Juan Preciado muere en el “axis mundi”, el símbolo
del edén (centro del universo según los mitos cosmológicos
cristianos) donde viven los hermanos incestuosos, en referencia al mito
de Adán y Eva. También La muerte de Artemio Cruz,
dominada desde el principio por la presencia del relato de una muerte,
es, si me permiten la licencia, una verdadera “crónica de una anunciada
muerte”.
Sin embargo, la muerte de estos
héroes no representa la regeneración, la continuación
del eterno retorno, ni la esperanza del nacimiento de una nueva vida como
en los mitos antiguos, especialmente los aztecas. Juan Preciado muere abrazado
por una madre tierra que le anuncia que va a estar allí por largo
tiempo. Artemio Cruz, “ídolo y cruz” no ha llevado a su país
más que a la traición, y su muerte no nos trae esperanza
de cambio y regeneración debido a la visión pesimista que
ofrece la novela sobre México, constreñido como Artemio Cruz
por sus circunstancias históricas, nacionales y coyunturales. Aunque
el hecho de que el apellido Cruz no sobreviva en su descendencia puede
inducir algo de esperanza para las siguientes generaciones. En este sentido,
la muerte de su hijo Lorenzo, que ocupa el lugar de su padre al morir la
muerte que le hubiera tocado si hubiera actuado como un verdadero héroe
en la revolución, se enmarca en este tipo de sacrificio en aras
de la redención y la regeneración. La muerte de Lorenzo sí
es una esperanza de vida, y una catársis de la traición de
su padre.
La muerte de ambos “héroes”
no coincide con la función del mito. Artemio Cruz muere de viejo,
en el apogeo de su declive, por lo que su defunción no puede ser
símbolo de resurrección, como la de esos héroes que
mueren en la plenitud de su vigor y su juventud, cuya muerte es símbolo
y promesa de la continuación de este estado. Sin embargo, Juan Preciado
muere mientras cumple su misión. Su misión fracasa, pero
no muere en la corrupción como Artemio Cruz. Ambas novelas someten
a sus héroes a un proceso deconstructivo, pero ambas dejan también
un resquicio a la esperanza.
El héroe clásico
Varios estudios analizan
el paralelismo entre nuestros dos protagonistas y el arquetipo del héroe
clásico. Por ejemplo, Juan Francisco Conde Ortega, en su artículo
“Juan Preciado y Telémaco”, destaca que ambos “héroes” están
unidos por la búsqueda del padre. Sin embargo, esta búsqueda
es bien diferente, ya que Telémaco es un conquistador que busca
a Odiseo porque ha sido un buen padre y lo necesita. Además, su
madre es un personaje sumiso. Juan Preciado es todo lo contrario, es un
ser vencido y sin identidad que busca a un padre que ni siquiera ha conocido
y que nunca fue un buen padre, enviado por una madre dominante y rencorosa,
que le manda a encontrar la muerte al final de la búsqueda
espiritual de su propia identidad (85-93).
A través del estudio de Hugo
Francisco Bauzá, El mito del héroe. Morfología
y semántica de la figura heroica, podemos seguir comparando
las figuras de Juan Preciado y Artemio Cruz con las del arquetipo del héroe
clásico. Para Bauzá, en la antigüedad clásica,
los héroes son seres humanos que tras su muerte se divinizan
a causa de la nobleza de su proceder, y por lo cual, pasan a ser héroes
de una región o comarca determinada. Ni Juan Preciado, ni Artemio
Cruz mueren de forma heroica, ni se convierten en los héroes de
sus regiones. Especialmente Artemio, que padece una muerte común,
tras una vida de traiciones.
Tomando como base las características
del héroe clásico que se citan en el libro de Bauzá,
nuestros protagonistas no cumplen la mayoría de estas categorías
(13). Nuestros “héroes” no tienen una morfología especial,
ningún rasgo extraordinario, ni una inteligencia superior; no fundan
ciudades, ni portan armas que los caracterizan; y su muerte no es violenta.
Sin embargo, están cercanos a la figura del héroe clásico
en algunos aspectos. Por ejemplo, Juan Preciado tiene una muerte
sin duda singular, su final es ciertamente sobrenatural, abrazado a la
“magna mater” en una tumba en el fantasmagórico mundo de Comala;
mientras que Artemio Cruz tuvo una gestación peculiar, hijo de un
cacique y una mulata violada, y nos sorprende con su llamada a ir a la
casa de la familia de su padre (Fuentes 434) y matando a su tío
con una escopeta (Bauzá 444).
Como nos cuenta Bauzá, en
su estudio sobre el paradigma del héroe clásico, Heracles
logra “transcender el “limes” demarcatorio entre lo conocido y lo desconocido
y penetrar en la tiniebla u oscuridad o, en sentido estricto, en los Infiernos”.
A su vez, Pedro Páramo, desciende al infierno de Comala, en su particular
aventura, con su paricular “barquero Caronte” representado en la figura
de Abundio o en la figura del puente en las cercanías de la casa
de Eduviges, la segunda transformación del “alma mater” (Sommers
93-121). También Artemio Cruz sufre un descenso al “inframundo”
cuando escapa de los federales y cae en las profundidades de la mina. Como
se menciona antes en este estudio, en la sección del análisis
semiológico del cuento de Propp, aquí termina la “odisea”
de Pedro Páramo, su encarnación del mito muere en esta función,
mientras que Artemio Cruz es capaz de volver victorioso de este infierno
particular que para él fue la revolución mexicana. La deconstrucción
del arquetipo heroico se realiza en otros aspectos de la construcción
de este personaje.
Bauzá nos comenta que el
viaje de Heracles se explica por un deseo de inmortalidad, y que ese es
el deseo íntimo y la simbología de su viaje y vuelta de los
infiernos. Artemio también coincide con Heracles en su anhelo de
inmortalidad, de “atemporalidad en la que es posible vivir en estado de
plenitud” (Bauzá 75), de ser como dios, el propio dios de su mundo,
como se expande en la siguiente sección de nuestro estudio.
Artemio Cruz y Juan Preciado se
identifican también con otro de los mitos clásicos por excelencia,
el mito de Edipo, tal y como aparece representado en la tragedia de Sófocles.
Vamos a centrarnos precisamente en el aspecto trágico del mito de
Edipo y su relación con nuestros protagonistas. Citando a Bauzá:
La tragedia del héroe
Edipo (…) consiste en haber nacido; se trata, por lo tanto, de un drama
existencial que cuestiona el propio fundamento ontológico. El pesimismo
de este héroe surge del hecho de que en él lo trágico
no procede ni de una hýbris ‘soberbia’, ni de una hamartía
‘error’, sino simplemente de la circunstancia involuntaria de existir.
(…) Al no haber culpa consciente del personaje, no existe tampoco tribunal
que pueda absolverlo dado que su drama es inherente a su misma naturaleza,
y es precisamente por esa causa que el teatro sofocleo se nos presenta
mucho más amargo que el de los restantes trágicos. (119-120)
Juan Preciado y Artemio Cruz comparten
algunas de las características del héroe clásico,
sobre todo de su lado humano, que los convierte en figuras más cercanas
a la humanidad del lector, creando en él una respuesta más
profunda. Juan Preciado y Artemio Cruz son antihéroes según
el modelo clásico porque son contrarios a muchas de las categorías
que los definen. Sin embargo, se respetan aquellas cualidades del héroe
clásico que son más humanas. El modelo arquetípico
se utiliza para llegar al subconsciente del lector, para identificarlo
con la novela. Una vez creada esta respuesta, se invierte el modelo, creando
confusión en el lector, deconstruyendo su pensamiento organizado
en esquemas y patrones arquetípicos para liberarlo de estos modelos
preconcebidos.
El héroe Cristiano
Jesucristo es el equivalente
a la figura heroica en la mitología cristiana, entendida como el
conjunto de relatos, símbolos y ritos de esta religión, que
tiene hoy en día tanta influencia sobre la historia y la sociedad
mexicana en particular y la occidental en general. Ricardo Krauel nos descubre
las claves de la inversión de la figura heróica de Jesucristo
en el personaje de Artemio Cruz. Artemio lleva el símbolo cristiano
por excelencia en su nombre y se considera dios en la novela. Casi al final
confiesa:
no sé… si él
soy yo.. si tú fue él… si yo soy los tres… Tú… te
traigo dentro de mí y vas a morir conmigo… los tres… que hablaron…
Yo.. lo traeré adentro y morirá conmigo. (459)
Artemio se compara mediante este juego
de pronombres y perspectivas con la trinidad cristiana. En la Biblia, el
número tres es simbólico de la totalidad, como demuestra
la representación de Dios mediante un triángulo, el polígono
con menor número de lados, el equivalente geométrico del
tres. Artemio es así símbolo de Jesucristo, de Dios, y del
hombre.
La celebración de San Silvestre
(él, 1955) nos presenta a un Artemio Cruz como un maestro rodeado
por sus discípulos. Él crea su propio universo en el que
controla a sus súbditos, el dinero y el poder le dan el control
sobre las personas que le rinden homenaje alrededor de su “trono”.
(364-393)
La elección léxica
al principio de la novela, describiendo su sudor, su sangre, el “acero
en sus entrañas”, etc. coincide con la descripción de la
muerte de Cristo. Su origen humilde nos recuerda también a los orígenes
de Cristo en el pesebre. Sin embargo, como ya sabemos, Artemio Cruz no
trae la redención a su país, es un falso héroe, un
falso mesías que no redime a su pueblo. De hecho, su nombre, que
incluye el símbolo de la cruz, contiene las palabras “muerA Crizto”,
si desordenamos sus letras, y las iniciales del Anti Cristo, el antihéroe
cristiano (Krauel 42-9).
También en Pedro Páramo,
es evidente la influencia de la simbología cristiana. Susana San
Juan, por ejemplo, es una referencia clara a San Juan Bautista. El agua
para San Juan Bautista es la base del bautismo, un elemento purificador
de los pecados que da la bienvenida a un nuevo miembro de la comunidad
cristiana. Sin embargo, como destaca José Francisco Conde Ortega
en su artículo “Juan Preciado y Telémaco”, para Susana San
Juan, y para el resto del mundo de Comala, que aparece como un personaje
colectivo en la novela (Lee Jung Deuk, 99-102), el agua es un símbolo
del deseo y el placer, en contraste con la purificación espiritual
del agua bautismal.
Juan Preciado sale también
de su tierra como Cristo, y viaja al infierno de Comala, al igual que Cristo
se enfrentó con el diablo en el desierto. Cristo salió vencedor
de su prueba, sin embargo, Juan Preciado sucumbe y se queda en Comala.
Comala queda así descrita como el infierno por diferentes motivos:
por su atmósfera lúgubre, su calor sofocante, por las almas
en pena o por el “guardián” Abundio que abre las puertas de Comala
a Juan Preciado (como el barquero Caronte). Juan Preciado es, en este sentido
también, el antihéroe en comparación con la figura
vencedora de Cristo que redime a su pueblo mediante su resurrección
y su vuelta triunfante de la muerte; una muerte en la que está atrapado
Juan Preciado.
Conclusión
A través de este análisis,
he querido dar una visión general de la función del mito
en la literatura y mostrar el propósito y formas en que el mito
se encarna en la literatura sudamericana, particularmente en los protagonistas
de las novelas mexicanas post-revolucionarias Pedro Páramo
y La muerte de Artemio Cruz.
Ambas novelas utilizan patrones
arquetípicos de la figura del héroe, pertenecientes a la
tradición azteca, clásica, cristiana, a la de los mitos universales
de todas las épocas, y a la de la semiología del relato fantástico
en general.
A colación del propósito
de incluir la figura del héroe en la literatura, me parece interesante
mencionar aquí lo que dice Bauzá respecto del humanismo del
héroe:
El héroe clásico
nos conmueve no por lo que posee de divino, sino por lo que posee de mortal;
esa condición de efímero es la que lo aproxima a nosotros
y merced a la cual lo sentimos cerca. Incluso más, por lo semejante
de algunas de sus acciones o bien por un juego de espejos o proyecciones,
estas figuras heroicas muchas veces nos ayudan a despertar el heroísmo
que anida en cada uno de nosotros. (123)
La figura del héroe se desmitifica
en ambas novelas, se le da vida a este mito para que el lector se identifique,
para hacerlo llegar a lo más hondo de la personalidad y la psique
del lector. Una vez allí, se le hace morir, para desmitificarlo,
para sacrificarlo. Mediante este sacrificio, Juan Rulfo y Carlos Fuentes
pretenden forzar al mexicano, al hombre, a reflexionar sobre su identidad
y su historia, para liberarlo de las convenciones que no le permiten crecer,
ser libre, transgredir y cambiar la realidad. El afán deconstructivo
de ambas novelas pretende liberar al hombre de previos modelos y patrones
preconcebidos para darle la esperanza de convertirse en su propio héroe.
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